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domingo, 6 de noviembre de 2016

Interpretaciones culturales: La propera pell (La próxima piel)


Suspense extremo con La propera pell (La próxima piel)


Por Lluvia de Segovia


           Hace una semana, fui al cine y como no quedaban entradas de la película que había pensado ver, mi amiga y yo acabamos en la sala donde se proyectaba
La propera pell (La próxima piel). Salimos súper confundidas y, desde entonces, no hago más que seguir dándole vueltas a la película. La sensación de suspense que crea es increíble, desde el principio, tan misterioso, hasta el final… Esta historia se cuenta de forma que no puedas dejar de hacerse preguntas, porque piensas que va a pasar algo y luego resulta que pasa algo completamente diferente. ¿Cómo es posible que estos personajes y su historia sean tan difíciles de interpretar y tan fascinantes?

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El frío y la nieve envuelven junto con una música gélida y misteriosa la llegada del adolescente a un pueblo perdido en los Pirineos. Han ido a recogerle su supuesta madre, Ana, y su tío Enric. Michel trabaja en el centro de menores en Francia, donde ha ido a parar el chico que, según Michel, sufre de amnesia disociativa debido a algún trauma del pasado. Parece que encaja con la descripción del hijo de Ana, que desapareció hace ocho años. Se espera que el protagonista (Gabriel o Leo) reconozca a su madre, y Michel no revelará sus antecedentes penales a la familia, para que se pueda asegurar su reintegración social. Se le presenta de un modo amenazante. Parece una bestia enjaulada, con movimientos salvajes, peligroso y hosco. Así, el primer momento de tensión sacude al espectador cuando Ana y el chico se ven y se abrazan. La cámara nos permite observar sus caras muy de cerca, pero ¿qué indican sus emociones? ¿Se han reconocido mutuamente? Seguimos sin saber la verdad. Durante muchas escenas, mi amiga y yo, como muchos otros espectadores, nos mirábamos y nos preguntamos «¿y esto…?», y susurramos la pregunta candente: «¿Tú crees que es él, su hijo?».

Como explican los directores Isaki Lacuesta e Isa Campo, este es un proyecto que maduró con el tiempo. Pasaron muchos años desde que le propusieron a Emma Suárez el papel de Ana, la madre, también hasta que Álex Monner creció para poder encarnar al protagonista, Gabriel/Leo. Tanto el guión como los actores hacen un trabajo impresionante. Los directores cuentan que quisieron desarrollar la historia con una doble perspectiva, construyendo entre los dos las distintas miradas de la madre y del hijo. Se nota que han elegido cada detalle con precisión. En el primer plano vemos agua deslizándose por detrás de una estalactita de hielo, y esta imagen del deshielo representa la visión de qué está pasando detrás de la capa superficial, explica Isaki Lacuesta. Así, a lo largo de toda la película hay que desentrañar lo que se esconde detrás del rostro de los personajes.

El suspense se intensifica por la sensación de estar tan cerca de los protagonistas. La clave de la fuerza de esta película está en la forma de llevar esta historia al espectador. Como sugiere el título, el protagonista se dispone a cambiar de piel. ¿Qué significa esto? La cámara nos acerca a la piel de los personajes de muchas maneras: En primer lugar, está el primer contacto entre dos personas que podrían ser madre e hijo. Lo que habría de ser familiar y cercano no lo puede ser fácilmente porque sobre ellos cae la sombra de la duda: ¿Son realmente quienes quieren ser? Cuando observamos el rostro de Gabriel/Leo y el de Ana, seguimos preguntándonos qué hay debajo de esa piel. Su identidad, sus pensamientos… Todo es un misterio. Cuando Michel escudriña la mirada del protagonista al preguntarle cómo está ―y éste responde que todo va bien― sabemos que no es cierto, pero tampoco sabemos qué es lo que realmente pasa por su cabeza. «El personaje tenía tres constantes, que eran: seducción, manipulación y fragilidad», explica Álex Monner en una entrevista. El actor describe las distintas facetas que muestra su personaje con la gente, porque el chaval no es el mismo cuando habla con Michel, con sus amigos o con su madre. Gabriel escoge qué enseñar de sí mismo en cada situación, y a menudo parece a punto de huir, más que de integrarse en el pequeño pueblo rodeado de montañas.

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En segundo lugar, está la imagen del padre a la que se ha de enfrentar el protagonista. Cuando ven vídeos en los que éste aparece junto a la madre y al niño del pasado, las imágenes están borrosas y vemos cómo Gabriel/Leo lo observa intensamente. Descubrirá lo que le ocultan acerca de su pasado, pero ha de salir en busca de la verdad y exigir a los que le rodean que le cuenten la verdad; ha de ir al lugar donde desapareció, en la montaña. «¿Por qué me has mentido?», Gabriel exige que le cuenten la verdad. En esas escenas, la nieve lo cubre todo, pero el frío no es obstáculo para la fuerte voluntad del protagonista. Además, en esa búsqueda el protagonista se apoya en la compañía de su primo y amigo, interpretado por Igor Szpakowski, que no duda en preguntarle «¿De verdad te acuerdas de mí?». Con él no ha de fingir. Finalmente, esto les lleva a acercarse íntimamente de forma inesperada. En esa desnudez, y en las huellas que el pasado ha dejado sobre la piel, se libra la lucha de asumir la nueva identidad.

Finalmente, está la imagen de los cortes que Gabriel/Leo se hace en su propia piel. Como siempre desprende un aire amenazante, sorprende vislumbrar su fragilidad. Cuando tememos que vaya a hacer daño a otros somos testigos de lo que le atemoriza y de su automutilación. Sus heridas del pasado le atormentan. «Este chaval, antes de llegar a este pueblo, no sabía lo que era la tranquilidad de querer y ser querido», comenta Álex. Así es, hay una gran inquietud evidente en los movimientos nerviosos y desesperados del protagonista. El espectador sufre con él cuando no puede contener la ira y siente que pierde el control. Envolviendo estas escenas, la música desconcierta, porque a veces suenan unos golpes metálicos que estremecen y parecen indicar la llegada de una desgracia, un golpe violento… Pero en vez de eso resulta que sucede algo muy distinto que toma por sorpresa al espectador, y la música toma otro rumbo, creando así un ritmo acorde con las preguntas que surgen acerca de las intenciones de los personajes.


            No podemos evitar sentir sospecha, pero estremece ver cómo Ana y Gabriel se van acercando, creando una relación de la nada. Finalmente, lo que está claro es que el chico, sea el hijo de Ana o no, tiene heridas que necesitan ser curadas. Hay una escena entrañable en la que ella cura las heridas que él se ha hecho. En los ojos de ambos se refleja el gran alivio que sienten al poder hacer esto. Necesitan quererse, y así se crea una reflexión acerca del amor que va más allá de los vínculos de sangre. Porque, ¿quién decide si se pueden querer o no dos personas como si fueran madre e hijo? En la crucial escena del baile aumenta la tensión, cuando están observando todos, parece que algo terrible está a punto de ocurrir. Pero ante los ojos que juzgan, madre e hijo solo tienen ojos el uno para el otro y él pregunta a Ana «¿Me quieres?». Sus ojos delatan el brillo de la esperanza. Emma Suárez dice que la madre y el hijo «se eligen», y esto es porque ambos desean comenzar una nueva vida, dejando atrás la piel del pasado. Es por todo esto que el espectador ―al sentirse implicado con los personajes― por haber tenido la oportunidad de preguntarse qué pasa por sus cabezas, ya no se puede deshacer de ellos. Participamos en la experiencia de apropiarnos de una piel ajena que puede acabar siendo nuestra próxima piel. 



domingo, 31 de julio de 2016

Interpretaciones culturales: Sideways


Caminos paralelos... Entre copas



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Siguiendo con el estilo propuesto en la entrada anterior, comenzamos con Sideways (Entre copas). Complicada de definir, muchos espectadores la interpretan como una comedia agridulce, otros como una road movie y algunos ―entre los que me incluyo― como un drama con toques de humor. En cualquier caso, considero que se trata de una película híbrida, difícil de catalogar por la mezcla de géneros y sensaciones que provoca, además de la aparición de personajes entrañables y empáticos a los que me gustaría conocer más allá de la pantalla. 

Dedico esta infografía introductoria, o más bien ilustración, a presentar dos elementos esenciales en esta pequeña joya del cine indie: el viaje y el vino. Nada extraordinario sucede, tan solo el vagar de dos viejos amigos dando tumbos por los viñedos de California. 

A priori, nos encontramos con una historia sencilla: dos tipos de mediana edad se embarcan en un viaje de huida y desconexión de la rutina por la ruta del vino. Sin mayor propósito que disfrutar de unos días de descanso, nos llevan de bodega en bodega charlando y bebiendo. Entre copa y copa   ―y tras una serie de conversaciones genuinas― vamos descubriendo detalles que reflejan la naturaleza de los personajes: sensible y reflexiva, por un lado, e instintiva y descarada, por otro. Poco a poco vamos intimando con ellos, conociendo sus debilidades y miserias, compartiendo experiencias cotidianas. En este sentido, nos encontramos con una propuesta en proceso de maduración, como el buen vino.

Lejos de casa y ante una rutina poco motivadora, viajamos con Miles y Jack: dos caracteres opuestos pero entrañables que buscan una oportunidad de distracción que despierte viejas sensaciones: pequeños placeres cotidianos como bálsamo para la insatisfacción personal. El primero, introvertido e introspectivo, trata de ahogar las penas al calor de un buen pinot. El segundo, extrovertido y atrevido, quiere aprovechar al máximo sus últimos días de libertad antes de casarse. Sea del estilo que sea ― Chardonnay, Syrah o Merlot de medio pelo ― trata de absorber hasta la última gota el amargo elixir de una juventud que se aleja cada vez más… 

El viaje promete.

Con estas líneas como guía introductoria, se abre la opción para el que desee formar parte de este periplo vinícola.

Aquí termina el recorrido, por el momento. Hago un alto en el camino para degustar otros vinos. Mientras tanto, aprovecharé para dejar que mis reflexiones maduren en la bodega cinéfila.

¡Salud!






lunes, 16 de mayo de 2016

Frances Ha o la curiosa sensación de dar tumbos


Cuando de interpretar se trata, pocos recursos me resultan tan útiles como ciertas expresiones coloquiales. Sobre todo si, más allá de la gracia etimológica que guardan, terminan por asociarse a una forma de vida.   


Podría decirse que doy tumbos en muchos aspectos: en cine, de un director a otro; en literatura, de un género a otro; en el día a día, de una indecisión a otra…, y así en otras tantas facetas de la vida en las que cuesta encontrar el equilibrio. Es entonces cuando en la búsqueda de la armonía perdida bebo de la fuente del arte, de la que ocasionalmente surgen obras digeribles para el ánimo. Con ellas nacen personajes, o mejor dicho acompañantes, que proponen otras vías de recorrido vital a la par que exploran nuevas formas de autorrealización.     


Interpretaciones Culturales, Frances Ha


Es el caso de Frances Ha, fiel ejemplo de la filosofía de la inquietud, de la búsqueda del deseo, aunque no esté claramente definido. No se sabe muy bien hacia dónde se dirige. Sin embargo, no se detiene. Vive en la instantaneidad del momento hasta que tras varios tropiezos encuentra irremediablemente su camino.

Comienza entonces un viaje hacia el «cómo» que plantea y muestra a la vez alternativas de superación vital.

Llegado a este punto recuerdo el estribillo de Like a Rolling Stone: «How does it feel?, how does it feel / to be on your own, with no direction home / A complete unknown, like a rolling stone».

«¿Cómo se siente?» pregunta Dylan a la protagonista, que vaga de un lado a otro, perdida y desolada. «¿Cómo se sentirá Frances?», me pregunto al verla deambular. Sin trabajo estable y tras varias mudanzas a la espalda, se calza las converse y sale a la carrera de la ansiada independencia.

Interpretaciones Culturales, Frances Ha

Nos vamos de tour por calles y barrios neoyorquinos a ritmo de Bowie. El tiempo vuela entre fotograma y fotograma al paso de un presente que mantiene activas las piernas de Frances: salta, ríe y baila con la fugacidad del momento.

Los días pasan y no se intuyen grandes logros ni grandes metas, pero la frescura de la carrera aún pervive en la memoria.
Surgen contratiempos, uno tras otro, que dificultan su aspiración de conseguir vivir por cuenta propia. Parece que todo se tuerce. Sin embargo, todo sigue en constante movimiento.



Interpretaciones Culturales, Frances Ha
Cambia Frances y cambia su entorno, sale a flote el pragmatismo del personaje: el revulsivo que despereza la mente y activa la capacidad de reinvención. Surgen entonces nuevas formas de vivir para nuevas experiencias. De forma que ante la imposibilidad de vivir como desea en un primer momento, cambia y se adapta a las circunstancias. 
Se sumerge en un proceso de renuncia y experimentación, de prueba y error, con el bagaje existencial que conlleva: la pérdida de complejos y miedos que le permiten seguir corriendo... y sonriendo.