«¿Dónde está la belleza? Allí donde tengo que querer con toda voluntad; allí donde quiero amar y sucumbir para que una imagen no se quede sólo en imagen»
Haciendo
referencia a la entrada anterior, he rescatado de la memoria una pequeña
composición literaria que tuvo sus orígenes en This Side of Paradise. Después de vivir el primer verano
universitario –y tras unas cuantas lecturas inspiracionales– sentía que
comenzaba a despertar en mí una inquietud por escribir, por interpretar la
realidad y contexto en que me movía y, por decirlo de alguna manera, imprimir
mi sello en aquellos días. Fruto de esa efervescencia literaria en la que
estaba inmersa, nació el poema que adjunto más abajo. A día de hoy no tiene
título, por aquel entonces no quise dárselo. No era mi intención enjaular
aquellos versos, precisamente por la espontaneidad con que se manifestaron…
Infografía: la armonía de la ilustración como fuente de expresión artística
En los últimos meses se ha ido despertando en mí un
interés por lo visual, por las artes
gráficas, aquellas que no se sustentan en el texto escrito como recurso
imprescindible para su comprensión, sino que confluyen con las palabras en un
estilo minimalista y complementario. Es en la fusión de ambos recursos donde percibo
la armonía de la ilustración como
fuente de expresión artística.
Se trata de una concepción estética distinta, menos
interpretativa y más cercana. Más digital, en suma. Para ello, se hace uso de vectores gráficos, que resultan visualmente
llamativos, en combinación con tipografías y colores complementarios que
conformen un diseño fresco y atractivo. Estos pequeños ejercicios estéticos se conocen por el nombre deinfografía: una representación
ilustrativa acompañada de breves descripciones.
Me parece un recurso útil y práctico para mostrar
información de un modo breve y ameno. Pero, ya que la mayoría lo emplea con
fines didácticos… ¿Por qué no hacerlo desde un punto de vista artístico?
Recientemente he estado curioseando y trasteando con
programas de diseño gráfico comoAdobe Illustrator, Adobe Photoshop y Adobe InDesign. Siguiendo el rastro de mi curiosidad creativa descubrí Freepik, un portal online de recursos
gráficos para amantes del diseño, en distintos formatos (PSD, vectores, fotos e
iconos) y de forma gratuita. Ofrece multitud de alternativas y contenido de
calidad, de la mano de diseñadores profesionales.
Al tratarse de un campo poco explorado aún, me tomo
la libertad de jugar con estas herramientas y llevarlas a mi terreno: al de la
cultura, la cinefilia y la escritura. Lo tomo como una nueva forma de compartir
influencias culturales, de recordar pequeños placeres que contribuyen ―y han
contribuido― a interpretar la vida desde
otras perspectivas. También para darle un toque de color a la rutina y agudizar
el ingenio.
Para esta primera infografíahe seleccionado obras y momentos influyentes en época
estival ―o que asocio al verano― por la impresión que causaron en mí en dicha
estación:
Born to Run: A la carrera de la inspiración perdida...
Corría
una tarde de mayo de 2015 cuando echada en la habitación sin más ocupación que
escuchar Born To Run y recordar con
nostalgia vivencias de meses anteriores surgió espontáneamente el primer verso.
Caía la tarde y me encontraba a las puertas de la noche. En ese tránsito cayó
del cielo «Jungleland», alterando cualquier estado de relajación y calma
interior. Melodía y letra irrumpieron en el lado derecho de mi cerebro,
despertando sensaciones adormecidas y potenciando la imaginación… Allá a mitad
de canción llegó la inspiración con el maravilloso solo de Clemons. El resto
queda reflejado más abajo…
Highway
61 Revisited: por la autopista de vuelta a la universidad
Sentada en el sofá disfruto de
la suave brisa que entra por la ventana. Es tan relajante que incita a no
pensar durante un rato. Fuera no parece haber mucha actividad, tan sólo el leve
movimiento de las hojas. Hace una tarde apacible de mayo. Pero al decir esto
siento extrañeza… Mayo nunca ha sido un mes apacible. No al menos en mi época
universitaria.
Incómodo e inquieto se
resistía siempre a darme un momento de sosiego; se alteraba cuanto más se
aproximaba junio y me alteraba a mí, recordándome el sinfín de trabajos y
exámenes que tenía que superar. Era cruel conmigo. Pero gracias a mi astucia
conseguía burlar su recuerdo: flirteando con la música y el cine lograba
evadirme. Así es como hallaba pequeños tesoros como el que todavía me acompaña:
Highway 61 Revisited.
Suena la melodía de «Just Like
Tom Thumb’s Blues» en el transcurso de la tarde e irremediablemente viajo años
atrás, cuando me encontraba inmersa en la efervescencia de aquellos mayos. Los
paseos del metro a la facultad entre la nube de estudiantes excitados por el
fin de curso. Y por el sol. O las reuniones vespertinas para «repasar» la
materia que no había aprendido en clase. Por aquella etapa pasaba yo de
puntillas: tocaba el suelo, pero no lo suficiente como para dejarme llevar por
la corriente.
Vivía en la transitoriedad del
momento, no como partícipe del frenesí estudiantil sino como intérprete del
contexto en el que me movía. Lo sentía al tomar distancia y evadirme por medio
del arte. Así es como algunas etapas trascendentales han pasado a ser
recordadas: no como un conjunto de acciones relevantes sino por asociación a
obras artísticas.
Podría decir que los años
universitarios sirvieron de entrenamiento ―y de escaparate a la vez― para
aprender a interpretar con perspectiva. A distanciarme del contexto en el que
vivo para poder sentirme parte de él. Quizá sea esta una noción fantasmal del
presente, la de buscar un referente artístico que me ancle a la realidad, pero
la verdad es que me ha
servido para agudizar la perspicacia y tener una mayor
comprensión del mundo. O, mejor dicho, para darle sentido a mi mundo.
Estoy en mayo y echo de menos
aquellas tardes inquietas de mayo... Comiendo a divagar,mejor me retiro a
disfrutar de «Desolation Row». Creo que he escrito suficiente por hoy.
El
tiempo vuela y Mike se ha hecho a mí. Le gusta mi sonrisa. En el camino al
acantilado deambulamos en silencio. Y Mike me abraza. Siempre lo hace, me
abraza en el medio del camino. ¿A dónde vamos hoy?, no sé, responde. Es fácil
estar con Mike. Es buen guía cuando nos perdemos, a pesar de estar en lugares
desconocidos. Las agujas que sobresalen a lo lejos son buenas guías, allí donde
residen las gárgolas…, me dijo en una ocasión. Entonces subimos por unas escaleras…
estrechas y humedecidas por la lluvia. Y en cada escalón que ascendía resonaba
en mí el eco de sus pasos. ¿Me he hecho yo a Mike? Me gustas tanto, me dices a veces. Y me
abrazas. ¿Para cuándo daremos el gran paso? No lo sabes. Ni yo tampoco. A veces
siento que nuestros pasos son de cristal, frágiles y en ocasiones chirriantes
al rozar el suelo. Pasos pequeños e ingenuos. El cristal tiene doble cara, le
dije una vez. Si miras a través de él es nítido y claro pero al tocarlo es
frágil si se trata mal. Y difuso si está
empañado. En las frías noches de invierno te veía así. Difuso tras los
cristales empañados que me alejaban cada vez más de ti… Pero Mike no suele
durar mucho en las despedidas. Ni yo tampoco. Nos distanciamos tan pronto como
nos acercamos. Y después volvemos a empezar. De vuelta a casa siento que echo
en falta algo. Y al percibir la luz matutina siento que he perdido parte de mí.
Parte de mi yo alegre en su compañía [...]
Cuando camino en la
naturaleza, me acompaña una sensación de asombro. Donde quiera que mire,
percibo la quietud de lo que permanece: los árboles, la hierba, los arbustos, las
flores…, todo lo que está expuesto al desgaste del tiempo y que, sin embargo,
se regenera con el paso de este. Sigue su ciclo perpetuo de vida y muerte;
mientras tanto, espera… Espera la venida del caminante: del que
alza la cabeza y busca lo infinito entre el ramaje; del que mira al suelo y
reflexivo, contempla los pasos dados hasta el momento; del que curioso, observa
con extrañeza alrededor, como si la imagen de lo que está viendo perteneciese a
un recuerdo remoto. De aquel que anhelante busca la unión con lo que es y
siempre ha sido a pesar del olvido… Siguiendo este hilo de pensamiento detengo
el paso y me giro; me pregunto: «¿Hacia dónde camina el que piensa?, ¿no lo
hace acaso de vuelta a su yo olvidado?».
Noviembre me hace pensar
en estas cosas. No solo la caída de la hoja, el frío y la lluvia me sitúan en
otoño. También mi pensar se vuelve otoñal: más introspectivo, más profundo, más
nostálgico… Más maduro. Me preparo para despedir el año entre recuerdos y
deseos perdidos. Algunos vuelven inquietos y danzarines, mas los dejo ir con la
brisa cálida y suave del mediodía. El sol baña mi rostro, fecunda pensamientos
nacientes como los últimos frutos estivales. Un sol de soles en el ocaso de su
fulgor…
En mis manos está recordarlo, avivar el resplandor de su brevedad.
Muere la tarde y muere algo en mí, tan solo queda una luz en el horizonte.
Camino hacia ella en el crepúsculo, camino sin dejar huella […]
El paisaje invernal envuelve la historia que se narra
en la película de J.C. Chandor: la nieve en los campos, las carreteras heladas,
el frío que hace que los protagonistas se tengan que arropar con largos
abrigos… Todo ello conforma una gélida atmósfera que nos hace sentir la hostilidad
con la que han de lidiar los personajes. Así, la película transmite la
sensación de inseguridad que uno tiene cuando cae preso de circunstancias
adversas. El protagonista, encarnado por Oscar Isaac, se ve obligado a luchar
con todas sus fuerzas para evitar que su negocio se venga abajo, manifestando
así su debilidad. Esa vulnerabilidad se hace visible cuando la luz dorada de la
mañana ilumina el pálido rostro del hombre de negocios, el de su esposa y
también el de los trabajadores, mostrando lo indefensos que son cuando avanzan,
a pie o conduciendo, en un mundo en el que en cualquier momento pueden recibir
un golpe fatal, trayendo consigo heridas físicas y pérdidas materiales. Además,
saldrán a la luz heridas morales, debidas a la dificultad de mantenerse al
margen de la corrupción, de ser íntegro y justo.
La casa a la que se mudan el protagonista y su esposa parece
estar en medio de la nada, y la sobriedad de su arquitectura y de la decoración
hace que parezca un hogar vacío, sin vida. A lo largo de la película, se
exploran algunos recursos que ayudan a definir a los personajes, como el uso
frecuente de primeros planos que hace que nos fijemos en la experiencia del
protagonista, en su búsqueda de una salida del problema en que se halla. Al
igual que le sucedía al protagonista de Inside Llewyn Davis, hay una serie de idas y venidas, un viaje para huir del fracaso
que le pisa los talones. Buscando ayuda de distintas personas, intentando
mantenerse fiel a su código moral, el protagonista no entiende las preguntas
que le hacen: «¿Para qué haces todo esto?, ¿por qué quieres todo esto?». Estas
cuestiones quedan en el aire, y la tensión que progresa lentamente otorga la
oportunidad de reflexionar sobre ello. Él sólo tiene ojos para el lugar del que
desea apropiarse, un almacén con depósitos en el muelle del río, clave para
hacer que su negocio prospere. Desde ahí hay unas vistas impresionantes de la
ciudad dorada de los sueños y del éxito, Nueva York.
En los ojos serios del protagonista vemos cómo se tambalea
la confianza de que pueda alcanzar todo lo que quiera, y aún más, hacerlo sin
ensuciarse las manos. Sentado en su coche, se siente impotente al escuchar las
noticias de los ataques a los camiones de su empresa. No puede ofrecer ninguna
seguridad a la víctima de los ataques, y por eso, cuando escucha su confesión
de vulnerabilidad, no puede más que decirle que está bien que se sienta así
porque todos somos vulnerables. La música hace que la historia del protagonista
adquiera dimensiones trágicas, y el espectador levanta la mirada junto con la
cámara cuando va de un primer plano a una perspectiva desde un punto más alto,
ofreciendo una visión de toda la carretera, más personas, vehículos, y de la
ciudad a lo lejos…
A lo largo de la película, los colores claros de la
fotografía crean una placentera sensación de paz y de suavidad, en contraste
con la oscura realidad de la brutalidad de la que hacen uso los hombres. Pero
aunque el color blanco hace pensar en la inocencia y la nieve es un manto que
parece renovarlo todo, cuando finalmente es manchada por los oscuros líquidos
de la sangre y del petróleo, no hay manera de cubrir la huella del precio que
ha costado el éxito. La sombra de lo perdido oscurece la ganancia.
«Y llega
el domingo. Con la mente adormecida después de una larga noche, no consigo
enderezar mi cuerpo; ni levantar las piernas, entumecidas bajo las sábanas. El
despertar es raro, como un estado intermedio entre dos sueños. Mis ojos
parpadean lentamente, observando la habitación. Casi a punto de cerrarse, los
abro de nuevo. Y ahí está la mancha, sobre mi cabeza. Ya ni me acordaba de ella. Qué extraña
sensación volver a verla después de tanto tiempo. Y qué profunda desazón al
notar el vacío en el silencio.
Parece que
fuera a llover, sopla con fuerza el viento. Pero no llueve. Tan sólo amenaza el
gris del cielo. Así me siento al
despertar, como una nube de recuerdos que no descarga. He acumulado tantos en
estos años que no he podido darles salida. Pero, ¿cómo hacerlo si aún formabas
parte de mi presente? Ahora me doy cuenta. No puedo rescatar ninguno sin que
estalle la tormenta.
Ojalá
retornara mi yo infantil, ojalá renaciera aquel anhelo. Pero el rastro más
cercano que tengo pasa por tu recuerdo. Entonces lo cotidiano se hacía ligero;
fresco como una llovizna de verano que sorprende lejos de casa… y que al
regresar vivifica la sensación de refugio. Con mis miedos ocultos bajo la manta
y tus manías a los pies de la cama, cubríamos la mañana de pequeñas reflexiones.
Lejos quedaba lo trivial bajo la luz de la persiana a medio subir.
Ahora recae sobre mí, no tan embellecido. Más
próximo a atraparme, no consigo ir más allá de este momento. No consigo
deshacerme de esta sensación de domingo».
«¿A qué
sabe este día?», me preguntaba un
domingo al dar rienda suelta a mis pensamientos. Encontré varias acepciones en
mi diccionario interpretativo, de entre las cuales había una en particular que
resultó curiosa: sabe a «despedida». La semana echa el cierre y llega la última
parada. Toda la vitalidad y energía de los días anteriores decae en una pereza
y desazón que adormece el cuerpo y atonta la mente. La voluntad duerme la
siesta, pero no la sensación de rutina. Es entonces cuando se echa en falta
algo, no se sabe muy bien qué, pero algo que ayude a superar esa inquietud; tal
vez una pequeña distracción, un detalle que marque la diferencia entre estar bien y sentirse bien. Surge de repente el deseo de encontrar un pequeño
placer que le ponga a uno en sintonía consigo mismo. O dicho de otro modo, algo a lo que nos podamos sentir
vinculados. Y la compañía de una película, de un libro o de la persona querida,
se agradece.
En
circunstancias similares me encontraba un domingo al reflexionar sobre la
película que había visto la noche anterior. Tenía la sensación de que no había
entendido nada, de que era tan rara que aunque la volviese a ver otras veces no
la comprendería. Eso sí, los personajes me parecieron muy entrañables.
Muchos
domingos después y en plena relación, volví a ver Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Esta vez, lo hice acompañada.
El ambiente cálido y relajado en el que me encontraba me preparó para a sentir
la frescura de una nueva interpretación. No se mostraba ya como una amalgama de
escenas y situaciones que me costaba un mundo seguir. En esta ocasión, con la
sensibilidad agudizada, atisbé la incipiente desconexión entre dos personajes cuya
fragilidad escondían bajo una fina capa de hielo. Corría el riesgo de que esta
se rompiera en cualquier momento pero ambos, dejándose llevar por el calor del
momento, se adentraban cada vez más en el laberinto emocional del otro. Caminaban
a tientas entre paredes inestables, movidos por una vaga curiosidad que
incitaba a un encuentro tan fugaz como el destello que alumbraba los pasillos
por los que discurrían vacilantes. «Y todo esto, ¿para qué?» me preguntaba
afligida, mientras veía cómo se empujaban mutuamente al estanque del olvido. Guiados
por un tímido entusiasmo, habían creado juntos un microcosmos, fruto de la
complicidad y espontaneidad de un vínculo que se hacía cada vez más estrecho. Tan
estrecho que ante la falta de movimiento para mantenerlo con vida, corría
peligro de colapsar. Y fue así como, ante la inactividad y la monotonía, la
relación fue perdiendo el pulso, hasta morir de hipotermia en manos de la
aciaga rutina.
Después
de contemplar este proceso destructivo durante dos veces (encuentro – ilusión –
convivencia – monotonía – desgaste – cansancio), experimenté un abanico de
sensaciones. Lo que hasta entonces había entendido por «rutina» adquirió un
nuevo sentido. Miré a mí alrededor y comprendí lo que acababa de ver en la
película: una versión de la rutina de la que ya formaba parte.
Me
invadió la tristeza; aquella dosis de realismo me había conmovido. Y me dejé
vencer por la inquietud. No me asustaba que algún día terminara la relación, lo
que me apenaba profundamente es que se perdieran los detalles y características
que la singularizaban: la peculiaridad de esas pequeñas cosas que sazonan el
día a día.
Guardo
algunas en la memoria que hoy recuerdo con nostalgia. Aún conservan el
esplendor de lo efímero, de aquello que hace olvidar (aunque sólo sea por un
momento) la sensación de domingo.
Como apunte final, me gustaría compartir una canción que me hace recordar la película. Por la letra y la melodía encaja fielmente con lo que muestra: melancolía, nostalgia, recuerdo...
Nació
el pasado otoño en Barcelona. Se gestó tras un paseo nocturno, la noche en que redescubrí el cine de Woody Allen. Tan sólo hizo falta volver a escuchar
las melodías de Gershwin asociadas a la fotografía deManhattan para que despertase en mí la sensación de una nostalgia
imperecedera. No moriría aquella sensación, pero sí lo haría aquella etapa en
la que el rencuentro con el cine y la literatura prometía un futuro
esperanzador. Poco a poco esa esperanza se fue perdiendo, hasta quedar reducida
al deseo de no dejarla marchar. Pero atrás quedaron esos días, de los que
guardo en la retina imágenes memorables. Hoy los recuerdo en estos versos, de nuevo
en otoño. Y en ocasiones me pregunto si días así volverán a ser para mí…
Llegué tarde Sin querer, Sin remedio. Caminé sin
cesar Largas
calles, Lo conocido
se hizo inhóspito Y la voluntad,
recuerdo.
Sin pensar Di con mis
pies Frente a esa
puerta. Tras el
cristal La sala vacía Aguardaba la
venida…
Pero mi
visita No estaba prevista, No esta vez…
Y ahora Vuelvo tarde En silencio.
Deambulo bajo
el frescor De húmedas
ramas, Frío y
distante me alienta A cruzar la
calle
De altos
edificios Oigo tristes
melodías Tal vez se
apaguen Al rozar el
suelo
Oscuro se
hace ya Para esta luz
azulada, La ciudad
dormita…
Leyendo una breve
composición que escribí hace días, me preguntaba qué es lo que hace que uno
reflexione sobre su vida. Si son las circunstancias, el entorno, el peso de las
relaciones, o aquello que deseamos que pase pero simplemente no llega.
Echando la vista atrás,
comencé a hacer memoria de lo vivido; de las primeras impresiones que saltaron
a mi mente, fueron el fracaso y la decepción lo que con más intensidad recordé Ambas me han proporcionado, interpreto, el
bagaje existencial necesario para observar el mundo con cierta perspicacia. En
aquella ocasión, antes de escribir el poema, experimenté una sensación curiosa.
Como si fuera un personaje en tercera persona, vi pasar mi trayectoria vital
como una película de escenas interminables. De repente, me sentí el resultado
de una obra inacabada.
Unos versos más tarde,
reflexionaba sobre la vida del artista: pensaba en cómo afrontará los días,
cómo vivirá en la rueda cíclica del tiempo, cuál serán sus expectativas como
creador, etc. Inmersa en la contemplación de estas cuestiones, surgió de la
memoria la imagen de un personaje dotado de una singularidad y peculiaridad genuinas.
Se trata de Llewyn Davis, obra y gracia
de los hermanos Coen.
Como espectadora con un
mínimo de sensibilidad, diría que es su naturaleza errante y caótica lo que me
atrae al instante. Sin rumbo y en compañía de su guitarra, intenta abrirse
camino como artista; pero no al ritmo que marca el oportunismo del que gozan algunos
de sus compañeros, sino al son de tristes melodías y a la sombra de un fracaso
que parece alargarse irremediablemente.
Más allá de esta primera
impresión, quisiera desarrollar una interpretación más profunda. Por eso
planteo lo siguiente: ¿qué es lo que define a Llewyn Davis como artista? Podría
decirse que el deseo de mostrarse fiel a sí mismo es el motor del personaje. Se desarrolla en un entorno en
el que se busca el respaldo de un proyecto musical, por lo que el riesgo de
caer en la mediocridad es considerable. Llewyn intenta establecerse, pero sin sacrificar
su estilo en aras de la auto conservación porque su fin como artista se aleja
del entretenimiento. Se aproxima, más bien, a la concepción del artista como
intérprete de la vida: se nutre del dolor vital para hacer de la experiencia
una obra de arte. Esta manera de sentir su profesión muestra el riesgo en
particular que corre, pues opta por vivir en la incertidumbre de un devenir que
probablemente le relegue a la soledad de los cafés.
Este deseo ciego de
seguir el camino escogido me hace pensar que Llewyn no es un artista caduco.
Por obstinación y voluntad, diría que trasciende cualquier limitación temporal.
Es decir, el objetivo no pasa por subirse al tren de la moda, sencillamente
porque no hay objetivo. Ante esto, su autenticidad como artista reside en la
ausencia de una meta final. Sin una proyección futura del éxito, Llewyn muestra
su reto personal al hacer del momento su mayor logro.
Y es en este último punto
en el que me gustaría hacer referencia a los versos que compuse. Este fue mi
pequeño logro…