«¿Dónde está la belleza? Allí donde tengo que querer con toda voluntad; allí donde quiero amar y sucumbir para que una imagen no se quede sólo en imagen»
Born to Run: A la carrera de la inspiración perdida...
Corría
una tarde de mayo de 2015 cuando echada en la habitación sin más ocupación que
escuchar Born To Run y recordar con
nostalgia vivencias de meses anteriores surgió espontáneamente el primer verso.
Caía la tarde y me encontraba a las puertas de la noche. En ese tránsito cayó
del cielo «Jungleland», alterando cualquier estado de relajación y calma
interior. Melodía y letra irrumpieron en el lado derecho de mi cerebro,
despertando sensaciones adormecidas y potenciando la imaginación… Allá a mitad
de canción llegó la inspiración con el maravilloso solo de Clemons. El resto
queda reflejado más abajo…
Highway
61 Revisited: por la autopista de vuelta a la universidad
Sentada en el sofá disfruto de
la suave brisa que entra por la ventana. Es tan relajante que incita a no
pensar durante un rato. Fuera no parece haber mucha actividad, tan sólo el leve
movimiento de las hojas. Hace una tarde apacible de mayo. Pero al decir esto
siento extrañeza… Mayo nunca ha sido un mes apacible. No al menos en mi época
universitaria.
Incómodo e inquieto se
resistía siempre a darme un momento de sosiego; se alteraba cuanto más se
aproximaba junio y me alteraba a mí, recordándome el sinfín de trabajos y
exámenes que tenía que superar. Era cruel conmigo. Pero gracias a mi astucia
conseguía burlar su recuerdo: flirteando con la música y el cine lograba
evadirme. Así es como hallaba pequeños tesoros como el que todavía me acompaña:
Highway 61 Revisited.
Suena la melodía de «Just Like
Tom Thumb’s Blues» en el transcurso de la tarde e irremediablemente viajo años
atrás, cuando me encontraba inmersa en la efervescencia de aquellos mayos. Los
paseos del metro a la facultad entre la nube de estudiantes excitados por el
fin de curso. Y por el sol. O las reuniones vespertinas para «repasar» la
materia que no había aprendido en clase. Por aquella etapa pasaba yo de
puntillas: tocaba el suelo, pero no lo suficiente como para dejarme llevar por
la corriente.
Vivía en la transitoriedad del
momento, no como partícipe del frenesí estudiantil sino como intérprete del
contexto en el que me movía. Lo sentía al tomar distancia y evadirme por medio
del arte. Así es como algunas etapas trascendentales han pasado a ser
recordadas: no como un conjunto de acciones relevantes sino por asociación a
obras artísticas.
Podría decir que los años
universitarios sirvieron de entrenamiento ―y de escaparate a la vez― para
aprender a interpretar con perspectiva. A distanciarme del contexto en el que
vivo para poder sentirme parte de él. Quizá sea esta una noción fantasmal del
presente, la de buscar un referente artístico que me ancle a la realidad, pero
la verdad es que me ha
servido para agudizar la perspicacia y tener una mayor
comprensión del mundo. O, mejor dicho, para darle sentido a mi mundo.
Estoy en mayo y echo de menos
aquellas tardes inquietas de mayo... Comiendo a divagar,mejor me retiro a
disfrutar de «Desolation Row». Creo que he escrito suficiente por hoy.
El
tiempo vuela y Mike se ha hecho a mí. Le gusta mi sonrisa. En el camino al
acantilado deambulamos en silencio. Y Mike me abraza. Siempre lo hace, me
abraza en el medio del camino. ¿A dónde vamos hoy?, no sé, responde. Es fácil
estar con Mike. Es buen guía cuando nos perdemos, a pesar de estar en lugares
desconocidos. Las agujas que sobresalen a lo lejos son buenas guías, allí donde
residen las gárgolas…, me dijo en una ocasión. Entonces subimos por unas escaleras…
estrechas y humedecidas por la lluvia. Y en cada escalón que ascendía resonaba
en mí el eco de sus pasos. ¿Me he hecho yo a Mike? Me gustas tanto, me dices a veces. Y me
abrazas. ¿Para cuándo daremos el gran paso? No lo sabes. Ni yo tampoco. A veces
siento que nuestros pasos son de cristal, frágiles y en ocasiones chirriantes
al rozar el suelo. Pasos pequeños e ingenuos. El cristal tiene doble cara, le
dije una vez. Si miras a través de él es nítido y claro pero al tocarlo es
frágil si se trata mal. Y difuso si está
empañado. En las frías noches de invierno te veía así. Difuso tras los
cristales empañados que me alejaban cada vez más de ti… Pero Mike no suele
durar mucho en las despedidas. Ni yo tampoco. Nos distanciamos tan pronto como
nos acercamos. Y después volvemos a empezar. De vuelta a casa siento que echo
en falta algo. Y al percibir la luz matutina siento que he perdido parte de mí.
Parte de mi yo alegre en su compañía [...]
«Y llega
el domingo. Con la mente adormecida después de una larga noche, no consigo
enderezar mi cuerpo; ni levantar las piernas, entumecidas bajo las sábanas. El
despertar es raro, como un estado intermedio entre dos sueños. Mis ojos
parpadean lentamente, observando la habitación. Casi a punto de cerrarse, los
abro de nuevo. Y ahí está la mancha, sobre mi cabeza. Ya ni me acordaba de ella. Qué extraña
sensación volver a verla después de tanto tiempo. Y qué profunda desazón al
notar el vacío en el silencio.
Parece que
fuera a llover, sopla con fuerza el viento. Pero no llueve. Tan sólo amenaza el
gris del cielo. Así me siento al
despertar, como una nube de recuerdos que no descarga. He acumulado tantos en
estos años que no he podido darles salida. Pero, ¿cómo hacerlo si aún formabas
parte de mi presente? Ahora me doy cuenta. No puedo rescatar ninguno sin que
estalle la tormenta.
Ojalá
retornara mi yo infantil, ojalá renaciera aquel anhelo. Pero el rastro más
cercano que tengo pasa por tu recuerdo. Entonces lo cotidiano se hacía ligero;
fresco como una llovizna de verano que sorprende lejos de casa… y que al
regresar vivifica la sensación de refugio. Con mis miedos ocultos bajo la manta
y tus manías a los pies de la cama, cubríamos la mañana de pequeñas reflexiones.
Lejos quedaba lo trivial bajo la luz de la persiana a medio subir.
Ahora recae sobre mí, no tan embellecido. Más
próximo a atraparme, no consigo ir más allá de este momento. No consigo
deshacerme de esta sensación de domingo».
«¿A qué
sabe este día?», me preguntaba un
domingo al dar rienda suelta a mis pensamientos. Encontré varias acepciones en
mi diccionario interpretativo, de entre las cuales había una en particular que
resultó curiosa: sabe a «despedida». La semana echa el cierre y llega la última
parada. Toda la vitalidad y energía de los días anteriores decae en una pereza
y desazón que adormece el cuerpo y atonta la mente. La voluntad duerme la
siesta, pero no la sensación de rutina. Es entonces cuando se echa en falta
algo, no se sabe muy bien qué, pero algo que ayude a superar esa inquietud; tal
vez una pequeña distracción, un detalle que marque la diferencia entre estar bien y sentirse bien. Surge de repente el deseo de encontrar un pequeño
placer que le ponga a uno en sintonía consigo mismo. O dicho de otro modo, algo a lo que nos podamos sentir
vinculados. Y la compañía de una película, de un libro o de la persona querida,
se agradece.
En
circunstancias similares me encontraba un domingo al reflexionar sobre la
película que había visto la noche anterior. Tenía la sensación de que no había
entendido nada, de que era tan rara que aunque la volviese a ver otras veces no
la comprendería. Eso sí, los personajes me parecieron muy entrañables.
Muchos
domingos después y en plena relación, volví a ver Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Esta vez, lo hice acompañada.
El ambiente cálido y relajado en el que me encontraba me preparó para a sentir
la frescura de una nueva interpretación. No se mostraba ya como una amalgama de
escenas y situaciones que me costaba un mundo seguir. En esta ocasión, con la
sensibilidad agudizada, atisbé la incipiente desconexión entre dos personajes cuya
fragilidad escondían bajo una fina capa de hielo. Corría el riesgo de que esta
se rompiera en cualquier momento pero ambos, dejándose llevar por el calor del
momento, se adentraban cada vez más en el laberinto emocional del otro. Caminaban
a tientas entre paredes inestables, movidos por una vaga curiosidad que
incitaba a un encuentro tan fugaz como el destello que alumbraba los pasillos
por los que discurrían vacilantes. «Y todo esto, ¿para qué?» me preguntaba
afligida, mientras veía cómo se empujaban mutuamente al estanque del olvido. Guiados
por un tímido entusiasmo, habían creado juntos un microcosmos, fruto de la
complicidad y espontaneidad de un vínculo que se hacía cada vez más estrecho. Tan
estrecho que ante la falta de movimiento para mantenerlo con vida, corría
peligro de colapsar. Y fue así como, ante la inactividad y la monotonía, la
relación fue perdiendo el pulso, hasta morir de hipotermia en manos de la
aciaga rutina.
Después
de contemplar este proceso destructivo durante dos veces (encuentro – ilusión –
convivencia – monotonía – desgaste – cansancio), experimenté un abanico de
sensaciones. Lo que hasta entonces había entendido por «rutina» adquirió un
nuevo sentido. Miré a mí alrededor y comprendí lo que acababa de ver en la
película: una versión de la rutina de la que ya formaba parte.
Me
invadió la tristeza; aquella dosis de realismo me había conmovido. Y me dejé
vencer por la inquietud. No me asustaba que algún día terminara la relación, lo
que me apenaba profundamente es que se perdieran los detalles y características
que la singularizaban: la peculiaridad de esas pequeñas cosas que sazonan el
día a día.
Guardo
algunas en la memoria que hoy recuerdo con nostalgia. Aún conservan el
esplendor de lo efímero, de aquello que hace olvidar (aunque sólo sea por un
momento) la sensación de domingo.
Como apunte final, me gustaría compartir una canción que me hace recordar la película. Por la letra y la melodía encaja fielmente con lo que muestra: melancolía, nostalgia, recuerdo...
Nació
el pasado otoño en Barcelona. Se gestó tras un paseo nocturno, la noche en que redescubrí el cine de Woody Allen. Tan sólo hizo falta volver a escuchar
las melodías de Gershwin asociadas a la fotografía deManhattan para que despertase en mí la sensación de una nostalgia
imperecedera. No moriría aquella sensación, pero sí lo haría aquella etapa en
la que el rencuentro con el cine y la literatura prometía un futuro
esperanzador. Poco a poco esa esperanza se fue perdiendo, hasta quedar reducida
al deseo de no dejarla marchar. Pero atrás quedaron esos días, de los que
guardo en la retina imágenes memorables. Hoy los recuerdo en estos versos, de nuevo
en otoño. Y en ocasiones me pregunto si días así volverán a ser para mí…
Llegué tarde Sin querer, Sin remedio. Caminé sin
cesar Largas
calles, Lo conocido
se hizo inhóspito Y la voluntad,
recuerdo.
Sin pensar Di con mis
pies Frente a esa
puerta. Tras el
cristal La sala vacía Aguardaba la
venida…
Pero mi
visita No estaba prevista, No esta vez…
Y ahora Vuelvo tarde En silencio.
Deambulo bajo
el frescor De húmedas
ramas, Frío y
distante me alienta A cruzar la
calle
De altos
edificios Oigo tristes
melodías Tal vez se
apaguen Al rozar el
suelo
Oscuro se
hace ya Para esta luz
azulada, La ciudad
dormita…
Leyendo una breve
composición que escribí hace días, me preguntaba qué es lo que hace que uno
reflexione sobre su vida. Si son las circunstancias, el entorno, el peso de las
relaciones, o aquello que deseamos que pase pero simplemente no llega.
Echando la vista atrás,
comencé a hacer memoria de lo vivido; de las primeras impresiones que saltaron
a mi mente, fueron el fracaso y la decepción lo que con más intensidad recordé Ambas me han proporcionado, interpreto, el
bagaje existencial necesario para observar el mundo con cierta perspicacia. En
aquella ocasión, antes de escribir el poema, experimenté una sensación curiosa.
Como si fuera un personaje en tercera persona, vi pasar mi trayectoria vital
como una película de escenas interminables. De repente, me sentí el resultado
de una obra inacabada.
Unos versos más tarde,
reflexionaba sobre la vida del artista: pensaba en cómo afrontará los días,
cómo vivirá en la rueda cíclica del tiempo, cuál serán sus expectativas como
creador, etc. Inmersa en la contemplación de estas cuestiones, surgió de la
memoria la imagen de un personaje dotado de una singularidad y peculiaridad genuinas.
Se trata de Llewyn Davis, obra y gracia
de los hermanos Coen.
Como espectadora con un
mínimo de sensibilidad, diría que es su naturaleza errante y caótica lo que me
atrae al instante. Sin rumbo y en compañía de su guitarra, intenta abrirse
camino como artista; pero no al ritmo que marca el oportunismo del que gozan algunos
de sus compañeros, sino al son de tristes melodías y a la sombra de un fracaso
que parece alargarse irremediablemente.
Más allá de esta primera
impresión, quisiera desarrollar una interpretación más profunda. Por eso
planteo lo siguiente: ¿qué es lo que define a Llewyn Davis como artista? Podría
decirse que el deseo de mostrarse fiel a sí mismo es el motor del personaje. Se desarrolla en un entorno en
el que se busca el respaldo de un proyecto musical, por lo que el riesgo de
caer en la mediocridad es considerable. Llewyn intenta establecerse, pero sin sacrificar
su estilo en aras de la auto conservación porque su fin como artista se aleja
del entretenimiento. Se aproxima, más bien, a la concepción del artista como
intérprete de la vida: se nutre del dolor vital para hacer de la experiencia
una obra de arte. Esta manera de sentir su profesión muestra el riesgo en
particular que corre, pues opta por vivir en la incertidumbre de un devenir que
probablemente le relegue a la soledad de los cafés.
Este deseo ciego de
seguir el camino escogido me hace pensar que Llewyn no es un artista caduco.
Por obstinación y voluntad, diría que trasciende cualquier limitación temporal.
Es decir, el objetivo no pasa por subirse al tren de la moda, sencillamente
porque no hay objetivo. Ante esto, su autenticidad como artista reside en la
ausencia de una meta final. Sin una proyección futura del éxito, Llewyn muestra
su reto personal al hacer del momento su mayor logro.
Y es en este último punto
en el que me gustaría hacer referencia a los versos que compuse. Este fue mi
pequeño logro…
Os doy la bienvenida en esta primera
entrada. Poco a poco voy haciendo camino en el mundo de las redes sociales, así como en blogger. Con esta entrada, es la primera vez que me animo a compartir impresiones y opiniones más
allá del íntimo círculo de amigos y conocidos. Lejos queda mi intención de
limitarse a emitir juicios de valor sobre obras artísticas; más bien me incita
a reflexionar sobre el arte y sobre cómo vive la realidad el artista.
Puesto en claro mi deseo, doy un paso
más y planto la semilla de un proyecto común a aquellos que interpreten la vida
como una obra de arte. Aquellos ávidos de voluntad y entusiasmo, os animo a compartir
pequeñas creaciones e interpretaciones que doten de sentido el día a día.
Me he propuesto subir entradas regularmente,
aunque sin fechas ni períodos caducos; en principio quiero reflexionar sobre la
individualidad en personajes cinematográficos, sobre cómo se forjan a través de
una crisis. Para ello, seleccionaré algunos ejemplos que por su singularidad y
peculiaridad han ejercido una fuerte influencia en mí.
También me propongo publicar composiciones propias inspiradas o relacionadas con las obras de las que hable en entradas anteriores.